
5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
Uno de los mayores engaños del corazón humano es creer que puede sostenerse por sí mismo. Podemos amar a Dios sinceramente y aun así intentar resolver la vida con nuestras propias fuerzas. El ayuno viene a confrontar esa autosuficiencia silenciosa que muchas veces se esconde detrás de nuestras rutinas.
Jesús fue claro: separados de Él nada podemos hacer. No dijo “poco”, dijo “nada”. Podemos tener actividades, planes, ministerio e incluso buenas intenciones, pero sin dependencia real del Señor no hay fruto eterno.
La dependencia no es solo para momentos difíciles; es para cada día. El ayuno rompe la autosuficiencia y nos hace conscientes de nuestra necesidad constante de Dios.
Cuando permanecemos en Él, el fruto es inevitable. No se trata de esfuerzo humano, sino de conexión continua. El ayuno fortalece esa conexión.
Permanecer en la Vid implica intimidad continua. No se trata solo de orar en momentos específicos, sino de vivir conectados a Él durante todo el día. Cuando permanecemos, el fruto surge naturalmente: paciencia en medio de la presión, amor en medio del conflicto, sabiduría en medio de la incertidumbre.
El ayuno fortalece esa conexión. Nos enseña que no dependemos del pan solamente, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios. Y cuando aprendemos a depender de Él en lo pequeño, también sabremos confiarle lo grande.
Que este día no sea solo un día más de abstinencia, sino un recordatorio profundo de que nuestra vida, nuestra familia, nuestro servicio y nuestro futuro están completamente sostenidos por Dios.
Señor, reconozco que te necesito en todo momento. Perdóname por actuar muchas veces sin consultarte. Enséñame a permanecer en Ti y a depender de Tu gracia cada día. Amén.