
4 Busqué a Jehová, y él me oyó, Y me libró de todos mis temores.
5 Los que miraron a él fueron alumbrados, Y sus rostros no fueron avergonzados.
Cuando nos disponemos a buscar al Señor con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra alma, podemos estar completamente seguros de que Él nos escuchará y nos ayudará siempre, en todas nuestras aflicciones.
El salmista testifica que aquellos que miramos al Señor seremos alumbrados, seremos transformados, y experimentaremos lo mismo que vivió Moisés cuando descendió del monte: después de estar en la presencia del Señor, su rostro resplandecía.
La Biblia nos dice en Jeremías 33:3: «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.»
Tengamos la convicción de que cuando clamamos y fijamos nuestra mirada en el Señor, no seremos defraudados ni avergonzados, porque Él mismo nos responderá y nos revelará Su voluntad.
Meditemos en esta palabra en este día, apropiémonos de ella y permitamos que el Espíritu Santo nos ilumine, nos abra los oídos y los ojos espirituales para entenderla y vivirla.
En este cuarto día de ayuno digámosle al Señor, Amado Padre, hoy venimos ante Ti con un corazón dispuesto, creyendo en Tus promesas y confiando en Tu fidelidad. Ayúdanos a buscarte con todo nuestro ser, a fijar nuestra mirada en Ti y a caminar en Tu luz. Que Tu Espíritu Santo nos revele las maravillas de Tu Palabra, nos transforme y nos acerque más a Ti. Te damos gracias porque sabemos que cuando clamamos, Tú respondes. En el nombre de Jesús, amén.