
9 9 Y dijo Elí a Samuel: Ve y acuéstate; y si te llamare, dirás: Habla, Jehová, porque tu siervo oye. Así se fue Samuel, y se acostó en su lugar.
El ayuno no es solamente abstinencia; es una invitación divina a detener el ruido exterior para poder oír la voz de Dios con claridad. Vivimos en una generación saturada de información, responsabilidades y distracciones que ocupan nuestros pensamientos incluso cuando intentamos orar. El ayuno crea un espacio santo donde el alma puede aquietarse y decir con sinceridad: “Habla, Señor”.
Samuel aprendió a reconocer la voz de Dios en medio de la quietud. Muchas veces el Señor nos habla, pero no siempre estamos atentos. El ayuno nos ayuda a silenciar la carne, a rendir nuestros deseos y a entrenar nuestro oído espiritual. Cuando el estómago se debilita, el espíritu se fortalece. Cuando el cuerpo clama por alimento, el corazón aprende a depender de la Palabra.
Escuchar a Dios implica más que oír palabras; implica disposición para obedecer. Un corazón que escucha es un corazón rendido. Durante estos días, el Señor puede traer dirección, corrección, consuelo o llamado. La pregunta no es si Dios habla; la pregunta es si estamos dispuestos a escuchar.
El verdadero fruto del ayuno comienza cuando la voz de Dios se convierte en prioridad. Él no grita; Él susurra al corazón dispuesto.
Señor, aquieta mi alma delante de Ti. Quita de mí toda distracción, toda prisa y toda ansiedad. Enséñame a reconocer Tu voz en medio del silencio. Abre mis oídos espirituales y hazme sensible a Tu dirección. No quiero solo pedirte cosas; quiero escucharte y obedecerte. Amén.